| Amieva, para olvidarse de todo |
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Llegamos a la entrada de Cangas de Onís y, a la vista del famoso puente que hoy en día están restaurando, giramos a la derecha, siguiendo el curso del río Sella en busca de sus fuentes naturales. Quién pudiera ser un motero a la antigua, a lomos de una Vespa sesentera o manejar repantigado una Harley con la melena al viento, olvidado de medidas de seguridad porque esto es sólo una ensoñación y no esta vida insegura que exige casco y medidas de seguridad necesarias para circular adecuadamente. Tampoco hay por qué exigir tanto, admitamos el casco. O soñemos de otra manera que estamos en condiciones de hacer esta excursión en bicicleta pesando cuarto y mitad de lo que marca la asquerosa báscula del baño, o que tenemos tiempo para caminar, deambular, contemplar los lados del camino sin otra intención que el placer de estar. Digo todo esto porque desde un coche y conduciendo, uno no puede admirar como se merece esta belleza natural. Los Picos de Europa aún conservan parte de las nieves tardías, como punto de arranque de unos desfiladeros que descienden en bellas líneas curvadas, inclinadas para dejar paso a las aguas salvajes, los torrentes que alimentan este río Sella, y más arriba el Ponga y el Dobra. A la orilla del río lanzan sus guiños los fresnos, olmos, sauces, árboles ribereños que asombran a los animales del río, tal vez a la vieja trucha que ya sabe todas las triquiñuelas para dársela con queso a cualquier pescador que se precie, mientras éste ya ha pensado la forma de narrar su hazaña entre copas antes aun de dejar correr el hilo. Atravesamos varios pueblos. En Precendi se encuentra la capital del concejo, con su Ayuntamiento mirando las aguas pasar. Un poco más allá están Camporriondi, Vega de Cien, Ceneya, Argolibiu. Las fértiles vegas de estas tierras han sido magnífico terreno para la agricultura desde hace unos cuantos siglos, pero nosotros que somos muy pecadores no hacemos más que pensar en la carne al ver esa forma indolente de caminar, pidiendo guerra al mostrar altivamente sus cuartos traseros, de las vacas roxas que pastan por doquier. Nos prometemos soberbios chuletones donde menos se lo esperen. Pero no seamos tan innobles, tan sanchopanzas, mencionemos algunos edificios dignos de ver: están las iglesias de San Pedro de Vega y Santa María de Mián, las capillas de San José de Carenes, San Antonio de Sina y la de Santiago de Vis, en especial (del siglo XVI o XVII), la torre de Siña, la casona de Cirieño, la llamada casa de Peribajol o la conocida como casa Fondón, en Pen, donde encontramos una panera de las que asustan, nada menos que catorce pegollos para desafiar a cualquier ratón que se considere escalador, un auténtico Pedro Pidal y Bernaldo de Quirós, marqués de roedores o pericotes, que aquí se bailan, aunque mucho tendrían que saltar. Seguimos camino por el desfiladero de los Beyos, que da nombre al queso, si continuáramos avanzando llegaríamos hasta Ponga. Pero decidimos coger a la izquierda la desviación al pueblo de Amieva. A medida que subimos la nieve se va haciendo compañera más frecuente, con derecho a roce. Nos desconcierta un tremendo argayu que parte la carretera hasta el punto de pasar difícilmente con un coche, pero seguimos, llegamos. Los niños juegan con la nieve ante la iglesia, ante la fuente, mientras un perro peludo nos mira curioso y yo admiro una auténtica bicicross BH como nueva. En el bar Amieva, que también es tienda, tomamos un refrigerio mientras una vecina llega a comprar algún condimento indispensable que faltaba en su labor cocinera. Mientras se preguntan el nombre de los dos soberbios picos que nos hacen guardia (Valdelpino y Cabronero, nos indican; ¿no serán Torre'l Mediu, de 2.467 metros, y la Pica Rezo, de 1.964 metros, las cumbres de Amieva?, dice un lector de guías turísticas; mejor hacer caso al señor del bar), yo no puedo dejar de envidiar a esta señora que compra su paquete de arroz, o de macarrones o su lata de bonito, algo sencillo e imprescindible, algo completamente lejano a las ofertas del centro comercial, y camina sin prisa de vuelta a casa, apenas unos metros más abajo. Sin prisa. Aquí se pueden hacer muchas rutas de montaña, pero las más conocidas son la Senda del Arcediano y La Jocica, con vistas panorámicas inolvidables. Vamos a comer a Santillán. Entre castaños y robles, tan lejos del mundo televisivo, me asalta la frase que me despertó esta mañana desde no sé qué absurdo programa cuando conectaron con la persona amada por el invitado del sofá: «Encantados de tenerte al otro lado del océano», dice la presentadora como si nada, se oye la voz transoceánica mientras enfocan al compungido enamorado de acá, pero no contentos con esta joya la mujer del otro lado dice «es que esto no es como un jarro de agua fría, es como cinco jarros de agua fría»; eso sí que es duro, vive Dios. Hay que ir a beber, o de excursión o algo, me dijo una vocecilla al lado del hombro. En La Ruta (Santillán) comemos haciendo honor a este lugar de tan formidable encanto: fabada gloriosa (maternal, no digo más), sopa de pescado (para recomponer el cuerpo dado a excesos), cabrito (inmortal deshaciéndose en la boca), huevos con picadillo (colesterol de casa), flan-tarta de queso (textura que descubre nuevos sentimientos en la lengua). Mientras el río pasa, caudaloso, imparable, buscando su cauce y su mar sin pensar en remansos, aunque los halle, paseamos nuestros bandullos dichosos a la sombra de los árboles, admirando los halcones, hablando de jabalíes. La Nueva España |
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