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Un paisaje de bravía belleza Imprimir E-Mail
El mayor Parque Nacional del país, que se expande entre las provincias de León, Asturias y Cantabria, alberga imponentes cumbres, angostas gargantas, así como pueblos repletos de encanto e Historia


Conviene ser discreto. Si miradas estas fieras montañas desde la distancia producen alguna sensación de espanto, aunque lleno de envidiosa admiración; si vistas con sus ropajes de nieve desde la ventanilla del avión (algunos de los que despegan de Santander o de Londres, por ejemplo) hacen pensar en la imposibilidad de... ...tocarlas, aproximarse para entrar a ellas, para poseerlas, es entregarse al asombro de su bravía belleza. Probablemente el buen viajero ya lo sabe.

Los Picos de Europa no es lugar para «ir a veranear a la sierra», a descansar en un chaletito de frescor y luego peregrinar de noche por discotecas ruidosas y posadas de alcohol y de sexo. Mucho más que una mera sierra es esto, y si el nombre resulta cercano y familiar, las experiencias previsibles obligarán a moverse por allí con mucho tiento. De momento, los Picos son tres macizos amparados por la protección de Parque Nacional que se extienden por la provincia de León (24.719 hectáreas), el Principado de Asturias (24. 560) y Cantabria (15. 381).

No sólo es el mayor parque de España, sino el primero que se declaró tal, en 1918. Segundo del mundo de este género, después de Yellowstone, en Estados Unidos.

Mas si fueran modestos en originalidad y belleza, los macizos del Cornión (occidental), Los Urrieles (central) separados por el glorioso río Cares y su garganta divina y Ándara (Oriental), sus vecindades, más civilizadas y accesibles, regalan también abundancia de lujos. Tanto paisajísticos como históricos y sentimentales. Así, los valles de la Liébana y del Deva, en la Cantabria románica; el embalse de Riaño, con su joven pueblo y el nacimiento del Esla, en León; las gargantas del Ponga y del Sella (los Beyos) hasta Arriondas, en Asturias.

Más toda la franja septentrional, de fuerte pendiente y una longitud media de veinticinco kilómetros, espacio arbolado y verde que forma a su término una suave muralla frente a las olas. Esas olas, en fin, han abierto regazos en el último farallón y han dejado allí playas generalmente pequeñas, muy adornadas de dones naturales, recónditas, frescas y apacibles. Territorio de Llanes y Ribadesella, más allá de la sierra de Cuera.

MORADA DE DIOSES.

Vivían de antiguo en estos picachos los antiguos dioses, desde luego. Cuando los excursionistas de hoy se lanzan en sus todoterrenos o a lomos de caballo, incluso en bicicleta, en busca de un vallecico vistoso y creen encontrar al dios verdadero hecho naturaleza, cuando alzan los ojos a las alturas tropezarán con Vindio, el dios grande de los celtas al que la nomenclatura geográfica cristiana apoda ahora Peña Santa de Castilla.

Desde sus 2.596 metros de altitud, unos ojos de los que ya no quedan (ni siquiera en las cuatro águilas reales que allí viven) podrían divisar el Guadarrama, por encima de toda la meseta. Y por encima de todo el mar, las mismas montañas de Irlanda. Los antiguos marineros les decían Montañas de Europa porque su brillante y desnuda blancura caliza les advertía desde muy lejos de la presencia de la tierra, del rostro más duro de la tierra.

INMENSO ESPECTÁCULO.

Quizás es todavía mayor el espectáculo desde ese dedo gigantesco y desnudo del Naranjo de Bulnes o Pico Urriellu (2.518 metros), con medio kilómetro en vertical pelada hasta su cumbre, el torreón espantoso que tienta sin remedio a todos los montañeros de postín. Gregorio el Cainejo fue el primero que llegó arriba, descalzo, en 1904, junto a Pedro Pidal, el marqués de Villaviciosa que conseguiría en el Parlamento de Madrid pistola en mano, por cierto la Ley de Parques Naturales. Aunque, todo sea dicho, más que nada para conservar los rebecos que luego abatiría a escopetazos.

Es demasiado intensa la variedad de paisajes que se agolpan en esos dos kilómetros de desnivel, entre el valle más hundido y el más altanero cordal, gobernados siempre por los picachos rígidos y las rocas peladas por los vientos, como para pretender que sean únicos, uniformes e indivisibles. Incluso el paisaje humano, aunque escaso, reducido prácticamente a fabricantes de queso y pastores de temporada, es multiforme. Y hasta el carácter de la gente.

Por no hablar de ese otro paisaje menos frecuentado y visible que está en el submundo. A causa de la estructura cárstica de los macizos, por debajo de las rocas se extiende un reino de cuevas, ríos subterráneos, lujos sombríos de una naturaleza mágica. Allí, en las sombras, brillan pinturas prehistóricas e incluso la urna sagrada del esqueleto de un oso que hace seis mil años quedó dormido y atrapado en su refugio, tras una cortina de estalactitas y estalagmitas, en un manto de agua purísima y quizás eterna.

Bajo la vigilancia de esas alturas blancas y peladas a las que sólo llegan los más osados empieza a descender un paisaje muy generoso y plural. Allí están esa especie de embudos, dolinas o jous por los que se filtra el agua a las profundidades, los fósiles del mar que aquí reinó hace tres millones de años, los arrugados plegamientos pétreos, una flora de extraño carácter (la carnívora tiraña, la genista, el venenoso acónito), los altos praderíos inclinados en los que entretienen su vida las vacas...

Todavía en el siglo XVII la gente asentada en las laderas más bajas, por Cangas de Onís, iba a misa con lanzas, para defenderse de los animales salvajes. Ahora los animales están muy protegidos, son escasos y difíciles de encontrar. Osos y lobos no quedan, casi imposibles de ver son los pájaros pito negro, el treparriscos bellísimo y el urogallo. En fin, hay quien dice que rondan por la zona sur y sureste de los Picos, parte leonesa, cuatro o cinco familias de lobos, tal vez más atemorizados por el hombre que atemorizadores ellos mismos. Al menos, no caerán ya en crueles trampas como el chorco del siglo XVII que todavía puede verse en Valle de Valdeón.

Asaltado por tantas maravillas, debe siempre el viajero poner un poco de orden en su camino. La geología es una ciencia compleja y la geografía ofrece aquí demasiadas posibilidades. Entre los confiados rebecos del Parque Nacional unos siete mil individuos triscando por las rocas que no escapan aventaus ante la presencia del excursionista y la casi imposible lisura de los dos lagos mágicos estancados a media altura, el Enol casi 500 metros de largo por 300 de ancho y la Ercina, o el inolvidable santuario de la Virgen de Covadonga que tienen a sus pies, quedan el encanto y la sobriedad de las pocas aldeas que han quedado integradas en el territorio protegido. Casi todas, después de la ampliación polémica del Parque a causa de celos autonómicos, naturalmente , de 1995 pertenecientes a los pagos leoneses de Posada de Valdeón y de Sajambre.

Pero decir los Picos es utilizar un nombre genérico para toda una comarca montañosa muy rica y extensa e incluso su cinturón. Es meter en el mismo macuto aldeas frecuentemente arropadas por las nieves y situadas a más de mil metros de altitud Sotres, Caín y Tresviso son las más elevadas y toda una fila de pequeñas y dulces villas que incluso se adornan de palmeras en los grandes jardines de las casonas que los indianos fueron construyéndose a caballo de los dos últimos siglos pasados; es sumar las cantidades heterogéneas de las cuevas en las que en secreto se curan los quesos de Cabrales, de Gamonedo, de Peñamellera, de los Beyos, los picones de Valdeón y los quesucos cántabros de Potes y su alfoz. Sí: en cierto momento comienza la árida montaña a regalar bosquetes de hayas, robles, abedules, castaños y también caseríos pequeños y muy modernizados a causa de las muchas riquezas que les ha dado el queso. Si en las alturas se arremolinan con frecuencia las nubes, bufan los vientos, desgarra el hielo las rocas y brillan la nieve o la soledad, ya desde antes de la basílica de Covadonga, epicentro espiritual de la montaña, el terreno se muda en húmedo jardín.

Cuentan que fue en sus alrededores donde el loco mayor don Pelayo según las crónicas moras , acompañado de un puñado de montaraces tirapiedras, se cargó en el año 722 nada menos que a todo un ejército muslime de 187.000 soldados bien contados. La historia es más que sospechosa, desde luego, pero ha servido para asentar los cimientos de la patria española. Y tiene encanto suficiente para redondear la gloria de este paisaje.

Unos cuantos caminos para gente que no le tema al movimiento se han hecho muy famosos dentro de los macizos. La garganta del Cares tiene al lado una senda de doce kilómetros que abrió a principios del siglo pasado una compañía hidroeléctrica. Se convierte a veces en verdadera autovía de excursionistas y eso le roba la intimidad de antaño, aunque no su gracia vertiginosa. Otra senda, la que inventó en el siglo XVII un arcediano de Villaviciosa para pasar de Asturias a León (tal vez antiguo paso de los romanos), es más difícil y menos frecuentada. Va de Amieva a Soto de Sajambre.

CÉLEBRE DESFILADERO

En coche se puede cruzar el inquietante paso de los Beyos, «el más escarpado e imponente de los desfiladeros célebres», la garganta del Sella. Este río se llamaba Precendi en el siglo pasado, pero un terrateniente local engañó en beneficio propio al monarca y alteró los antiguos nombres... Quedan muchos otros caminos, desde luego.

Incluso gente poco aficionada a andar utiliza helicóptero para subir a un palacete que una compañía minera le hizo a don Alfonso XIII, en lo alto de Áliva, para que fuese a cazar allí. En el fin de la hermosa y piadosa cueva de la Santina arranca una carretera, dentro del Parque Nacional, que sube hasta los dos lagos amansados a distinta altura en un paisaje verde y plácido. Conviene andar por allí con pies de plomo, porque son tierras muy delicadas, aunque no den impresión de eso estas orgullosas moles pétreas.

JESÚS TORBADO
Publicado en el suplemento de Viajes nº 33 de El Mundo en Julio 2004
 
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